miércoles, 15 de julio de 2026

Napoli, Pompeya & Roma

Del 1 al 8 de julio tuve la suerte de viajar con mis padres a Italia, concretamente Nápoles y Roma. Y aunque pueda parecer que lo importante de un viaje son los lugares que visitas, cada vez tengo más claro que, cuando viajo con ellos, lo verdaderamente especial es seguir compartiendo vivencias y experiencias a su lado. 

Mis padres no son personas especialmente viajeras, pero una vez que salen disfrutan muchísimo del viaje.


Piazza del Plebiscito (Napoli)

Sus hijos hemos salido bastante culos inquietos y siempre nos ha gustado explorar otros lugares y formas de vida. Así que han terminado viajando para estar, más que nada, cerca de nosotros: han ido a Montpellier, a la isla de la Guadalupe, a París, a distintas islas de Canarias e incluso a República Dominicana, esta vez solos, para celebrar sus bodas de plata.

 

El año pasado tuvimos la gran suerte de hacer juntos el Camino de Santiago y este verano tocaba organizar una nueva escapada en familia. Además, había un aliciente muy especial: llevar por fin a mi madre a Roma. Durante años había dicho que, aunque no le gustara demasiado viajar, Roma sí era una ciudad que le gustaría conocer. Y ese esperado día por fin había llegado.

 



Napoli: unos días en familia

 

Antes de ir a Roma pasamos unos dos días en Nápoles, donde pudimos coincidir con mi hermana Libertad, Francesco y las niñas, Eva y Nerea. También aprovechamos para visitar a Enza, la madre de Francesco, y conocer a otros familiares cercanos. Fue una buena manera de empezar el viaje: paseos tranquilos, comidas, conversaciones y mucho tiempo disfrutado en familia.


Nápoles es una ciudad con muchísima personalidad. Es ruidosa, intensa, algo caótica pero llena de vida.

Pompeii

Una de las visitas más interesantes fue Napoli Sotterranea, una red de galerías subterráneas excavadas bajo el centro histórico. Resulta curioso pasar del bullicio de la superficie a encontrarte, pocos metros después, con otra ciudad escondida bajo tus pies.


El resto del viaje lo haría ya solo con mis padres. El tercer día fuimos a Pompeya. Pasamos allí unas tres horas y quizá nos entretuvimos demasiado tiempo, porque teníamos que regresar a Nápoles antes de las 20:00 para recoger las maletas de la consigna en la estación.

Pompeya impresiona profundamente. Caminar por sus calles y contemplar sus edificios conservados bajo la ceniza hace que la erupción del Vesubio del año 79 deje de parecer un acontecimiento lejano.

 

El problema llegó al terminar la visita. Eran casi las 20h y seguíamos todavía en el tren de vuelta. Necesitábamos unos veinte minutos para llegar a Nápoles. La empresa de consignas solo podía esperarnos cinco minutos. Cuando llegamos a la estación eran más de las 20h15 y las puertas estaban cerradas. Por suerte, el chico que me había atendido por teléfono seguía dentro. ¡Pffff! Recuperamos las maletas y corrimos al andén para coger nuestro tren a Roma. Perderlo habría supuesto perder reservas de alojamiento y el tren a Roma, pero todo salió bien...¡de milagro!

 

El trayecto en tren hasta Roma duró poco más de una hora. Nuestro hotel estaba a unos diez minutos andando de la estación Roma Termini. Yo ya había estado allí en 2012 y recordaba la ciudad, pero volver catorce años después tenía un significado completamente diferente al estar allí con mis padres.

 

Teníamos tres días para recorrer la ciudad.

Il Colosseo di Roma

Digamos que el calor nos acompañó durante toda la estancia pero fue soportable. Los paraguas se convirtieron en improvisadas sombrillas, a mi madre le regalé una pequeña sombrilla asiática y un ventilador a pilas terminó siendo uno de nuestros mejores aliados durante las caminatas.


Nos movimos principalmente andando y utilizamos el metro únicamente cuando las distancias eran demasiado grandes. 


Entre paseo y paseo descubrimos varios clásicos de Roma, pero muy cerca de nuestro alojamiento, a unos diez minutos caminando, se encontraba la increíble Basilica di Santa Maria degli Angeli, construida por Michelangelo dentro de unas antiguas termas.  También visitamos mi lugar favorito de la ciudad:el Panteón. Ya me había fascinado en 2012 con esa enorme cúpula perfecta, auténtica hazaña de la ingeniería romana. Volver a entrar fue simplemente maravilloso. Mayte, mi profesora de Historia del Arte, nos explicó en el instituto cómo se había construido y además, fue la obra que me tocó defender en la Selectividad. Estar allí dentro fue un viaje en el tiempo. Asombra pensar que se levantó hace casi 2.000 años.


La famosa Fontana di Trevi no podía faltar. Nos acercarnos a la zona más próxima a la fuente y, aun así, no cabía un alfiler. Por supuesto, no faltó la turistada de tirar una moneda y pedir un deseo. 


El segundo día en Roma hicimos un Free Tour nocturno con la empresa Guru Walk por la zona del Foro Romano. Me gustó mucho la experiencia. 


El tercer día visitamos los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina.

Scuola di Atene, di Raffaello  (Musei Vaticani)

Estuvimos más de dos horas recorriendo sus galerías y salas decoradas. Después llegó la inevitable cola de acceso: casi otras dos horas de espera. Hubo algunos reventas que intentaron convencernos de comprarles a ellos las entradas para evitar la fila, obviamente nos pedían muchísimo más dinero de lo que costaban las entradas, así que nada, decidimos quedarnos en la cola hasta entrar. Tampoco se hizo muy pesada la espera. 


Además del increíble Museo Vaticano, repleto de obras maestras que parecen competir por tu atención, la guinda del pastel llega al final: la Capilla Sixtina, donde Miguel Ángel convirtió el techo en una de las obras más fascinantes de la historia del arte. 

 

En nuestro último día teníamos el vuelo de vuelta por la tarde, así que aprovechamos la mañana para hacer un último recorrido.


Il Pantheon

Fuimos a la Terrazza del Pincio, buscamos un buen lugar para hacernos fotos con el Coliseo de fondo y buscamos un restaurante para comer pescado, muy necesario después de tanta pasta y pizza. 






Lo mejor del viaje


Cuando recuerdo este viaje, no pienso primero en los monumentos de Roma ni en Pompeya. Pienso sobre todo en mis padres. 




Pienso en mi madre cumpliendo por fin aquel pequeño sueño de conocer Roma. Pienso en los entrañables días compartidos con mi hermana Libertad, las sobris Eva y Nerea, Francesco y toda la familia. Al final, lo mejor de viajar no siempre es el lugar al que llegas, sino la suerte de con quién lo compartes. 

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Estambul: entre mezquitas, bazares y el Bósforo

Mi viaje a Estambul comenzó mucho antes de comprar un billete de avión. Hay viajes que nacen cuando reservas un vuelo. Otros empiezan muchos años antes, casi sin darte cuenta. El mío comenzó en Bachillerato, durante aquellas inolvidables clases de Historia del Arte con Maite, una profesora a la que siempre le estaré agradecido por conseguir que nos enamoráramos del arte. El aula permanecía completamente a oscuras; únicamente la luz del proyector se iluminaba mientras iban pasando diapositivas de las grandes obras de la humanidad.

Santa Sofía de Constantinopla

Entre todas ellas hubo una que se quedó grabada para siempre en mi memoria: Santa Sofía de Constantinopla. Creo recordar que dedicamos dos clases enteras únicamente a hablar de aquel templo. Mientras Maite nos explicaba su historia, el esplendor del Imperio Bizantino y la impresionante cúpula que parecía desafiar las leyes de la ingeniería, nació en mí el deseo de viajar algún día a Estambul. Muchos años después, del 18 al 22 de febrero de 2026, por fin llegó el momento de cumplir aquel sueño. Y lo hice junto a una persona muy especial. 


Interior de Santa Sofía
Viajar con Montse ha sido volver a confirmar algo que ya sabía desde nuestra aventura por Chile y Argentina a finales de 2015: compañera perfecta para recorrer el mundo. Compartimos la misma curiosidad por descubrir lugares nuevos, por empaparnos de otras culturas, por caminar hasta agotarnos si hace falta y por disfrutar tanto de los grandes monumentos como de esos pequeños detalles que hacen especial cada destino. 


Además, para ella no era la primera vez en Estambul, por lo que muchas de las rutas, recomendaciones y sugerencias nacieron de su propia experiencia. Siempre he pensado que las ciudades se disfrutan mucho más cuando alguien que ya las conoce te enseña a mirarlas. 

 Aunque el viaje duró poco, realmente tuvimos tres días completos para descubrir la ciudad. Y la verdad es que los aprovechamos al máximo. El momento más esperado llegó, inevitablemente, al cruzar las puertas de Santa Sofía. 

 
Después de tantos años soñando con conocer aquel templo del que Maite nos hablaba con tanta pasión, por fin estaba allí, bajo su inmensa cúpula. Fue uno de esos instantes en los que la realidad supera cualquier expectativa. Comprendí entonces por qué sigue siendo considerada la gran obra maestra del arte bizantino y uno de los edificios más impresionantes jamás construidos.

Con Montse. Al fondo: la Mezquita Azul





Muy cerca nos esperaba la Mezquita Azul, elegante y serena, con sus seis minaretes dominando el horizonte de Sultanahmet. También recorrimos el espectacular Palacio de Topkapi, desde donde los sultanes del Imperio Otomano gobernaron durante siglos, y la impresionante mezquita de Süleymaniye, quizá menos conocida, pero que terminó convirtiéndose en una de las grandes sorpresas del viaje gracias a la tranquilidad que transmite y a sus magníficas vistas sobre la ciudad. 


Una de las imágenes que más se me quedó grabada de la ciudad fue la del puente de Gálata. Me fascinó ver a cientos de pescadores alineados, separados apenas por un metro entre ellos, lanzando sus cañas al agua durante horas. No podía evitar preguntarme cuántos de ellos estarían allí para ganarse la vida y cuántos simplemente por el placer de ir de pesca y pasar el día con los amigos. 

Y luego estaba el sonido. Varias veces al día, la voz del muecín comenzaba a sonar desde una mezquita y, apenas unos segundos más tarde, otra parecía responderle. Desde la plaza de Sultanahmet era especialmente emocionante escuchar ese "diálogo" entre la Mezquita Azul y Santa Sofía. 

Puente de Gálata
Como ocurre en cualquier visita a Estambul, también nos dejamos llevar por el bullicio del Gran Bazar y el inconfundible aroma del Bazar de las Especias. En el primero, además de encontrar un abrigo de muy buena calidad a un precio estupendo, descubrí que las camisetas de fútbol también estaban a precios realmente tentadores. Y claro... teniendo en cuenta lo mucho que me gustan, la batalla estaba perdida desde el principio. Lo que iba a ser "solo echar un vistazo" terminó convirtiéndose en cuatro o cinco camisetas más para la colección. 

Otra de las experiencias que más recordaré fue navegar por el estrecho del Bósforo para cruzar del continente europeo al asiático. Hay pocas ciudades en el mundo donde puedas cambiar de continente simplemente cogiendo un barco. Pasear después por las calles de Kadıköy, con su ambiente relajado, sus cafeterías y pequeños comercios, fue el contrapunto perfecto al intenso ritmo del centro histórico. Una noche terminamos escuchando música en directo en un pequeño bar del barrio. Uno de esos momentos improvisados que nunca aparecen en las guías de viaje, pero que acaban convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos. 



 

Torre de Gálata

Si algo me encanta cuando viajo es descubrir la gastronomía local, y Turquía fue un auténtico acierto. Cada mañana comenzábamos con un auténtico kahvaltı, el tradicional desayuno turco, donde la mesa se llenaba de pequeños platos con quesos, aceitunas, tomate, pepino, huevos, mantequilla, miel, pan recién hecho, etc. Más que un desayuno, era toda una experiencia. 

Uno de los platos más curiosos fue el testi kebabı, cocinado lentamente dentro de una vasija de barro sellada que el camarero rompe delante de la mesa antes de servirla. Además del espectáculo, el resultado es una carne increíblemente tierna y llena de sabor.


¿Y qué decir de los dulces turcos?  qué ricos estaban todos. La mayoría tiene como ingredientes principales el pistacho, las nueces, la miel y el almíbar. Uno de los más conocidos era el baklava. Nos gustó tanto que incluso nos llevamos algunos de vuelta para España.




Al dejar atrás Estambul, uno comprende que su verdadera esencia no se encuentra únicamente en sus monumentos o paisajes, sino en la mezcla de culturas, historias y emociones que se viven en cada rincón. Es una ciudad que sorprende, inspira y deja recuerdos imborrables. Tengo la grata sensación de que volveré. 



Maite consiguió que un grupo de adolescentes descubriera que el arte podía emocionar. Muchos años después, aquel sueño terminó haciéndose realidad. Esta entrada está dedicada a ella, que aunque ya no esté entre nosotros, allá donde esté, pueda saber que aquellas clases a oscuras, iluminadas únicamente por la luz de un proyector, despertaron en uno de sus alumnos las ganas de viajar hasta la antigua Constantinopla. Gracias por enseñarnos que el arte no solo se estudia, sino que también se siente. Gracias por sembrar, sin saberlo, un sueño que tardó casi veinte años en cumplirse.