sábado, 28 de febrero de 2026

Estambul: entre mezquitas, bazares y el Bósforo

Mi viaje a Estambul comenzó mucho antes de comprar un billete de avión. Hay viajes que nacen cuando reservas un vuelo. Otros empiezan muchos años antes, casi sin darte cuenta. El mío comenzó en Bachillerato, durante aquellas inolvidables clases de Historia del Arte con Maite, una profesora a la que siempre le estaré agradecido por conseguir que nos enamoráramos del arte. El aula permanecía completamente a oscuras; únicamente la luz del proyector se iluminaba mientras iban pasando diapositivas de las grandes obras de la humanidad.

Santa Sofía de Constantinopla

Entre todas ellas hubo una que se quedó grabada para siempre en mi memoria: Santa Sofía de Constantinopla. Creo recordar que dedicamos dos clases enteras únicamente a hablar de aquel templo. Mientras Maite nos explicaba su historia, el esplendor del Imperio Bizantino y la impresionante cúpula que parecía desafiar las leyes de la ingeniería, nació en mí el deseo de viajar algún día a Estambul. Muchos años después, del 18 al 22 de febrero de 2026, por fin llegó el momento de cumplir aquel sueño. Y lo hice junto a una persona muy especial. 


Interior de Santa Sofía
Viajar con Montse ha sido volver a confirmar algo que ya sabía desde nuestra aventura por Chile y Argentina a finales de 2015: compañera perfecta para recorrer el mundo. Compartimos la misma curiosidad por descubrir lugares nuevos, por empaparnos de otras culturas, por caminar hasta agotarnos si hace falta y por disfrutar tanto de los grandes monumentos como de esos pequeños detalles que hacen especial cada destino. 


Además, para ella no era la primera vez en Estambul, por lo que muchas de las rutas, recomendaciones y sugerencias nacieron de su propia experiencia. Siempre he pensado que las ciudades se disfrutan mucho más cuando alguien que ya las conoce te enseña a mirarlas. 

 Aunque el viaje duró poco, realmente tuvimos tres días completos para descubrir la ciudad. Y la verdad es que los aprovechamos al máximo. El momento más esperado llegó, inevitablemente, al cruzar las puertas de Santa Sofía. 

 
Después de tantos años soñando con conocer aquel templo del que Maite nos hablaba con tanta pasión, por fin estaba allí, bajo su inmensa cúpula. Fue uno de esos instantes en los que la realidad supera cualquier expectativa. Comprendí entonces por qué sigue siendo considerada la gran obra maestra del arte bizantino y uno de los edificios más impresionantes jamás construidos.

Con Montse. Al fondo: la Mezquita Azul





Muy cerca nos esperaba la Mezquita Azul, elegante y serena, con sus seis minaretes dominando el horizonte de Sultanahmet. También recorrimos el espectacular Palacio de Topkapi, desde donde los sultanes del Imperio Otomano gobernaron durante siglos, y la impresionante mezquita de Süleymaniye, quizá menos conocida, pero que terminó convirtiéndose en una de las grandes sorpresas del viaje gracias a la tranquilidad que transmite y a sus magníficas vistas sobre la ciudad. 


Una de las imágenes que más se me quedó grabada de la ciudad fue la del puente de Gálata. Me fascinó ver a cientos de pescadores alineados, separados apenas por un metro entre ellos, lanzando sus cañas al agua durante horas. No podía evitar preguntarme cuántos de ellos estarían allí para ganarse la vida y cuántos simplemente por el placer de ir de pesca y pasar el día con los amigos. 

Y luego estaba el sonido. Varias veces al día, la voz del muecín comenzaba a sonar desde una mezquita y, apenas unos segundos más tarde, otra parecía responderle. Desde la plaza de Sultanahmet era especialmente emocionante escuchar ese "diálogo" entre la Mezquita Azul y Santa Sofía. 

Puente de Gálata
Como ocurre en cualquier visita a Estambul, también nos dejamos llevar por el bullicio del Gran Bazar y el inconfundible aroma del Bazar de las Especias. En el primero, además de encontrar un abrigo de muy buena calidad a un precio estupendo, descubrí que las camisetas de fútbol también estaban a precios realmente tentadores. Y claro... teniendo en cuenta lo mucho que me gustan, la batalla estaba perdida desde el principio. Lo que iba a ser "solo echar un vistazo" terminó convirtiéndose en cuatro o cinco camisetas más para la colección. 

Otra de las experiencias que más recordaré fue navegar por el estrecho del Bósforo para cruzar del continente europeo al asiático. Hay pocas ciudades en el mundo donde puedas cambiar de continente simplemente cogiendo un barco. Pasear después por las calles de Kadıköy, con su ambiente relajado, sus cafeterías y pequeños comercios, fue el contrapunto perfecto al intenso ritmo del centro histórico. Una noche terminamos escuchando música en directo en un pequeño bar del barrio. Uno de esos momentos improvisados que nunca aparecen en las guías de viaje, pero que acaban convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos. 



 

Torre de Gálata

Si algo me encanta cuando viajo es descubrir la gastronomía local, y Turquía fue un auténtico acierto. Cada mañana comenzábamos con un auténtico kahvaltı, el tradicional desayuno turco, donde la mesa se llenaba de pequeños platos con quesos, aceitunas, tomate, pepino, huevos, mantequilla, miel, pan recién hecho, etc. Más que un desayuno, era toda una experiencia. 

Uno de los platos más curiosos fue el testi kebabı, cocinado lentamente dentro de una vasija de barro sellada que el camarero rompe delante de la mesa antes de servirla. Además del espectáculo, el resultado es una carne increíblemente tierna y llena de sabor.


¿Y qué decir de los dulces turcos?  qué ricos estaban todos. La mayoría tiene como ingredientes principales el pistacho, las nueces, la miel y el almíbar. Uno de los más conocidos era el baklava. Nos gustó tanto que incluso nos llevamos algunos de vuelta para España.




Al dejar atrás Estambul, uno comprende que su verdadera esencia no se encuentra únicamente en sus monumentos o paisajes, sino en la mezcla de culturas, historias y emociones que se viven en cada rincón. Es una ciudad que sorprende, inspira y deja recuerdos imborrables. Tengo la grata sensación de que volveré. 



Maite consiguió que un grupo de adolescentes descubriera que el arte podía emocionar. Muchos años después, aquel sueño terminó haciéndose realidad. Esta entrada está dedicada a ella, que aunque ya no esté entre nosotros, allá donde esté, pueda saber que aquellas clases a oscuras, iluminadas únicamente por la luz de un proyector, despertaron en uno de sus alumnos las ganas de viajar hasta la antigua Constantinopla. Gracias por enseñarnos que el arte no solo se estudia, sino que también se siente. Gracias por sembrar, sin saberlo, un sueño que tardó casi veinte años en cumplirse.


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