martes, 15 de enero de 2013

Braga → Santiago: una aventura de 200 kilómetros caminando

 
 
Hacer el Camino de Santiago puede convertirse en mucho más que recorrer una distancia entre dos puntos. Es una oportunidad para bajar el ritmo, alejarse durante unos días de la rutina y, sobre todo, pasar muchas horas con uno mismo.


Horas para pensar, para observar, para hacerse preguntas y también para descubrir hasta dónde puede llegar el cuerpo cuando la cabeza se empeña en seguir adelante.
 
Siempre había sentido curiosidad por hacerlo y, a principios de enero de 2013, por fin llegó el momento. Mi compañero de aventura fue mi gran amigo Ángel y elegimos el Camino Portugués, saliendo desde Braga. No era precisamente la época más cómoda para ponerse a caminar por el noroeste de la península: pleno invierno, frío, lluvia y pocas horas de luz. Pero era el momento que nos venía bien a los dos, así que tampoco le dimos demasiadas vueltas. Fueron 8 días y unos 200 kilómetros. ¡Y vaya 200 kilómetros!
 
Nuestro recorrido quedó dividido en ocho etapas:
 

Etapa

Recorrido

1

Braga → Ponte de Lima

2

Ponte de Lima → Rubiães

3

Rubiães → Valença / Tui

4

Tui → O Porriño

5

O Porriño → Redondela

6

Redondela → Pontevedra

7

Pontevedra → Caldas de Reis

8

Caldas de Reis → Santiago

 
 
Un comienzo demasiado ambicioso

El primer día nos vinimos arriba. Mucho. En lugar de empezar con calma y escuchar al cuerpo, decidimos hacer 38 kilómetros de una tacada.


Como era enero, anocheció bastante pronto y la última parte del recorrido la hicimos prácticamente a oscuras, con las linternas encendidas para ver el camino y para que nos vieran los coches cuando teníamos que compartir carretera.

La primera lección fue bastante clara: quizá habíamos empezado con demasiada alegría.

Al día siguiente llegaron las consecuencias. Teníamos los pies molidos y yo, además, había cometido un error bastante poco recomendable: estrené botas sin haberlas domado antes. El resultado fue una enorme ampolla en el talón que terminó reventándose.

Durante las siguientes etapas tuve que improvisar. Cambié las botas por unas zapatillas de deporte y, para evitar el roce, llevaba la parte trasera doblada, dejando los talones prácticamente al aire. Ángel también tuvo ampollas y los dos fuimos descubriendo que el Camino no tenía demasiada intención de ponérnoslo fácil.


A todo esto se sumaba la lluvia. De los ocho días creo recordar que nos llovió durante seis. Caminar con los pies heridos ya era desagradable; hacerlo además con el calzado mojado, todavía más.


Nuestras mochilas tampoco ayudaban: pesaban unos ocho o nueve kilos, cargadas con ropa de abrigo y todo aquello que habíamos considerado imprescindible para sobrevivir al invierno.

El Camino empezaba a enseñarnos otra de sus particularidades: no siempre se trata de avanzar cómodamente, sino de aprender a adaptarse a lo que tienes.

 

Cada uno a su ritmo

Curiosamente, una de las cosas que más recuerdo de aquellos días tiene que ver con nuestra manera de caminar.

Ángel y yo tenemos zancadas diferentes. Al principio intentábamos caminar juntos, pero enseguida descubrimos que eso nos hacía gastar más energía de la necesaria. Uno tenía que acelerar y el otro reducir el paso continuamente.

Así que, a partir de la segunda o tercera etapa, tomamos una decisión muy sencilla: cada uno caminaría a su propio ritmo.

Nos separaríamos durante el camino y nos encontraríamos más adelante, en algún punto, para descansar, comer o simplemente charlar un rato. Y funcionó fenomenalmente.

Es curioso cómo algo tan sencillo puede tener también una lectura fuera del Camino.


 


Cada persona tiene su propio ritmo, su propia zancada y su propia manera de avanzar. No siempre tiene sentido intentar caminar al ritmo de los demás.

Durante prácticamente todo el recorrido hicimos eso. Solo el último día decidimos volver a caminar juntos. Habíamos llegado demasiado lejos como para no afrontar juntos el último tramo. Queríamos entrar los dos en la plaza del Obradoiro.

 

Un Camino casi para nosotros solos


Viajar en los primeros días de enero tuvo otra consecuencia inesperada: prácticamente no había peregrinos. En ocasiones, en los libros de visitas de los albergues comprobábamos que hacía más de una semana que nadie había pasado por allí.

Llegábamos y nos encontrábamos habitaciones enormes, con decenas de literas, para nosotros dos solos.


 


En alguna ocasión incluso tuvimos que preguntar a los vecinos porque el albergue estaba cerrado y necesitábamos encontrar a alguien que pudiera abrirnos.

Aquello hacía que la experiencia tuviera un carácter todavía más especial. No había grupos de peregrinos, conversaciones constantes ni demasiadas distracciones. Éramos Ángel, yo, el camino y muchas horas por delante. También llevábamos nuestra inseparable credencial del peregrino, en la que íbamos acumulando los sellos de los distintos pueblos, iglesias y lugares por los que pasábamos. Cada sello era una pequeña prueba de que habíamos estado allí y, al final, terminó convirtiéndose casi en un diario de viaje en miniatura.

 

El Camino Portugués y sus paisajes


Nuestro punto de partida fue Braga, en Portugal, desde donde fuimos avanzando hacia Galicia. Una de las cosas que más nos sorprendió fue el paisaje: caminos llenos de vegetación, pequeñas aldeas, puentes de piedra, riachuelos y rincones que parecían sacados de otra época.

El tramo hasta la frontera con Galicia fue especialmente bonito. Había algo muy auténtico en avanzar por caminos rurales, atravesar pequeños pueblos y encontrarnos de vez en cuando con algún lugareño. 

Ángel y su vivac

Nuestro portugués, por llamarlo de alguna manera, era más bien un portuñol de supervivencia, pero servía para comunicarnos. Y cuanto más nos acercábamos a Galicia, más familiar nos resultaba el idioma. El portugués iba adquiriendo sonidos y palabras que nos recordaban cada vez más al gallego, como si la propia lengua nos anunciara que la frontera estaba cerca.

 

Cuando el Camino se convirtió en un curso de supervivencia


Y entonces llegó uno de los episodios que más recuerdo: la lluvia.

En una de las jornadas cayó con tanta intensidad que algunos de los caminos estaban completamente inundados. No quedaba otra opción que buscar una alternativa y terminamos desviándonos por una carretera nacional, avanzando por el arcén mientras seguía lloviendo.+

Ahí apareció el otro protagonista de esta historia: Ángel, el mismísimo McGyver.

Mientras yo intentaba simplemente no mojarme más de lo que ya estaba, Ángel abrió su mochila y sacó una tela.


En mitad de aquella carretera, bajo la lluvia y con los caminos inundados, preparó un pequeño vivac. Allí estábamos los dos, refugiados como podíamos, mientras la naturaleza nos recordaba quién mandaba.

Fue uno de esos momentos absurdos que, precisamente por ser absurdos, terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos de un viaje.

 

200 kilómetros después…


Y así fueron pasando los días: kilómetros, lluvia, barro, ampollas, cansancio, paisajes, conversaciones y muchos momentos de silencio.

Hasta que llegó el último día.

Después de recorrer unos 200 kilómetros en ocho días, decidimos guardar nuestra peculiar estrategia de caminar por separado. Nos pusimos juntos y afrontamos el último tramo.

Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente: el último kilómetro lo hicimos corriendo.


No porque nos quedaran fuerzas de sobra —ni mucho menos—, sino por ese subidón de saber que el objetivo estaba conseguido. Después de tantos kilómetros, de la lluvia, del cansancio y de todos los pequeños obstáculos que habían ido apareciendo, allí estaba Santiago.

Entramos en la plaza del Obradoiro corriendo. 

Plaza del Obradoiro

Nos encontramos con una multitud de turistas y, al vernos llegar con nuestras mochilas, empezaron a felicitarnos como si acabáramos de ganar alguna competición. Un grupo de turistas japoneses incluso nos pidió que les explicáramos qué acabábamos de hacer. Cuando les contamos que habíamos recorrido unos 200 kilómetros en ocho días, la reacción fue inmediata: ¡todos querían hacerse una foto con nosotros!

Durante unos minutos nos sentimos como auténticas estrellas de Hollywood.

Después tocaba cumplir con el ritual. Fuimos a buscar nuestra Compostela, el certificado que acredita la peregrinación a Santiago. Nosotros habíamos recorrido el doble de los últimos 100 kilómetros exigidos para obtenerla. Después entramos en la catedral y nos acercamos hasta la estatua del apóstol Santiago para darle el famoso abrazo.



Habíamos llegado.


Y creo que no había mejor manera de celebrarlo que quitarnos las mochilas y buscar un buen plato de pulpo. Después de ocho días caminando, aquello sabía a gloria.

Al día siguiente dejamos atrás las botas, las mochilas y los caminos para ir hasta A Coruña, donde nos esperaba mi amigo Xurxo Briones junto con su mujer, Laura. Después de varios días comiendo lo que encontrábamos por el camino, disfrutar de una buena comida casera fue otro de los grandes placeres del viaje.


 

Cuando pienso ahora en aquel viaje, no recuerdo especialmente los kilómetros ni siquiera el dolor de los pies —aunque resulta difícil olvidarlo—.

Recuerdo el tiempo. Muchísimo tiempo para pensar. Recuerdo caminar solo durante horas, escuchar la lluvia, mirar los caminos, perder de vista a mi amigo Ángel y saber que en algún momento volveríamos a encontrarnos más adelante. 



Torre de Hércules (A Coruña)




Recuerdo descubrir que el cuerpo tiene límites, pero también que muchas veces esos límites están un poco más lejos de lo que imaginamos.

Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de llegar a la plaza del Obradoiro después de ocho días y 200 kilómetros y pensar que, efectivamente, había merecido la pena.

Quizás el Camino de Santiago tenga precisamente eso: uno cree que está recorriendo un camino para llegar a un lugar, pero durante esos días termina recorriendo también otro mucho más difícil de medir.


El camino hacia uno mismo.

 




2 comentarios:

  1. Así es, Damaso ha sido una fantástica entrada al blog. Debo reconocer que la primera vez que leo el blog después de tantos años y me parece que lo has clavado, ha sido fantástico. El final ha sido para mí muy directo y realmente el camino no termina nunca, el camino para encontrarse a uno mismo.
    El camino no termina ni en Santiago ni termina en Finisterre… termina cuando deje de latir el corazón
    Ojalá repitamos este camino cuando se pueda pero si es posible con menos lluvia, pues todavía me duele la rodilla.

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  2. Fue un viajazo, amigo! Ojalá podamos repetir pronto!

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