lunes, 7 de septiembre de 2015

¡Ay mi Cuba!

Llegó agosto y llegó mi tan esperado viaje a América. Qué mejor manera de empezarlo que en la Isla bonita, mágica y musical. Por fin he cumplido uno de mis sueños, taché uno de los objetivos que hacer antes de irme de este mundo. ¡CUBA!


Como dije en la entrada anterior del blog, este primer mes de viaje lo compartiré con mi gran amigo Andrés, el jerezano. Salimos desde Madrid el 3 de agosto con la compañía aérea WAMOS. Tardamos unas 10 horas en llegar a Cancún. WAMOS es la low-cost que conecta Europa con América. Para aquel que quiera viajar barato, esta es la compañía perfecta.


Pisamos unas horas suelo mexicano pero enseguida tomamos rumbo a Cuba. Llegamos al aeropuerto de la Habana el martes día 4 de agosto sobre las 13h. Lo primero que hicimos fue cambiar euros por CUC cubanos (nos dieron unos 105 CUC más o menos al cambio) en la salida del mismo aeropuerto. 

Nuestro plan era ir primeramente a Viñales pero por falta de tiempo y de transporte, decidimos ir a Cienfuegos, lugar encantador al Este de la isla. Una chica griega (Helena) se vino con nosotros.
Tardamos unas 3 horas en llegar a Cienfuegos y nos quedamos en casa de Teresita, una señora mayor que alquilaba habitaciones. Era una mujer encantadora, nos preparó unos desayunos deliciosos y nos ayudó en todo lo que necesitamos para movernos por la ciudad. Me gustó el nombre de Teresita, me sirvió semanas después para componer y grabar en estudio una canción sobre Cuba. Espero que pronto podamos escucharla.



La noche la pasamos en el Malecón de Cienfuegos con una botellita de rón, tocando el guitalele y cajón flamenco con gente de allí. Nos echamos unos cantes y unas buenas risas. Mejor imposible. El día siguiente fuimos a Trinidad pero antes paramos por El Nicho, un paraje natural con cascadas. 

Cascadas "El Nicho"




Carnaval de Cienfuegos. Atracciones de feria.



En el camino comimos un buen plato de marisco. Ya en Trinidad, dimos vuelta por el centro y luego tomamos un mojito en un local con música en directo. Al volver a Cienfuegos, paramos en una playa donde había gente local. Nos tocó ver el Carnaval. El Carnaval es realmente una feria, la típica que tenemos en España con puestitos de comida y atracciones para los niños. Estas últimas llamaban mucho la atención por su antigüedad. 




En el escenario principal de la feria actuaba Alexander Abreu, cantante de salsa y son cubano. ¡Muy bueno!  

Del 6 al 9 pasamos nuestros últimos días en la Habana. Antes visitamos el centro de Cienfuegos y la playa de Rancho Luna. 
Cantando con Juan, el Trino




En la Habana nos esperaban mi gran amiga Karine y Carole. La familia creció por unos días. Días de turisteo por la ciudad, desde el Varado hasta la plaza de la Revolución, Habana Vieja, cervecita y son cubano con el amigo Juan, el Trino; Mikel y sus niñas, Carnaval de la Habana, playa de Santa María, paseo por el Malecón, más carnaval, borrachera de despedida en casa...

Juan, el Trino y su banda





Escribiría infinidad de cosas, pero no quiero extenderme mucho. 5 días y medio en Cuba se pasaron volando. Se necesita al menos un mes para ver la isla tranquilamente, de Este a Oeste. Nos faltó visitar lugares increíbles como Santiago de Cuba, Varadero o Viñales, pero no pudimos estirar más los 5 días. Estoy obligado a volver.


Con Helena, Andrés, Karine, y Carole.














Cuba lo tiene todo: tiene mujeres lindas, son cubano, playas, comida riquísima, buen tiempo, buena gente...Cuba es alegría, almendrones (coches clásicos), fiesta, ron, tranquilidad...Cuba es música por los cuatro costados, salsa; Cuba es gente con talento y con sentido del humor, con sonrisas de oreja a oreja...¡Ay mi Cuba! 













* De Cuba a México, y tiro porque me toca...




sábado, 22 de agosto de 2015

Todo un inmenso jardín, esto es América.

¡Hola a tod@s!

Ya han pasado más de tres años desde la última entrada en mi blog, donde me despido de Burundi y de su gente. Ahora la situación allí está muy fea tras el más que polémico tercer mandato del presidente Pierre Nkurunziza. Esperemos que todo vuelva a la normalidad. Amahoro mugenzi!

Granada fue mi siguiente destino. Siempre quise vivir en esta ciudad mágica y por fin lo conseguí. Conocí a personas excelentes a quienes quiero dedicar esta primera entrada de mi nueva aventura del otro lado del charco, en especial a Miguelón, el tío más noble y buena persona de toa Graná. 

Mi hermanito jerezano Andrés Altuna me está acompañando este primer mes por tierras americanas. Llevábamos varios años siguiéndonos los talones por Montpellier, París, Burundi...Esta vez el destino, por fin, nos ha querido juntar los caminos. A partir de septiembre mi compañero de fatigas será Dani Viera, el Willy Fogg de Sevilla. 

Cuba, México, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil...



¡¡ Que comience el espectáculo!!




martes, 15 de enero de 2013

Braga → Santiago: una aventura de 200 kilómetros caminando

 
 
Hacer el Camino de Santiago puede convertirse en mucho más que recorrer una distancia entre dos puntos. Es una oportunidad para bajar el ritmo, alejarse durante unos días de la rutina y, sobre todo, pasar muchas horas con uno mismo.


Horas para pensar, para observar, para hacerse preguntas y también para descubrir hasta dónde puede llegar el cuerpo cuando la cabeza se empeña en seguir adelante.
 
Siempre había sentido curiosidad por hacerlo y, a principios de enero de 2013, por fin llegó el momento. Mi compañero de aventura fue mi gran amigo Ángel y elegimos el Camino Portugués, saliendo desde Braga. No era precisamente la época más cómoda para ponerse a caminar por el noroeste de la península: pleno invierno, frío, lluvia y pocas horas de luz. Pero era el momento que nos venía bien a los dos, así que tampoco le dimos demasiadas vueltas. Fueron 8 días y unos 200 kilómetros. ¡Y vaya 200 kilómetros!
 
Nuestro recorrido quedó dividido en ocho etapas:
 

Etapa

Recorrido

1

Braga → Ponte de Lima

2

Ponte de Lima → Rubiães

3

Rubiães → Valença / Tui

4

Tui → O Porriño

5

O Porriño → Redondela

6

Redondela → Pontevedra

7

Pontevedra → Caldas de Reis

8

Caldas de Reis → Santiago

 
 
Un comienzo demasiado ambicioso

El primer día nos vinimos arriba. Mucho. En lugar de empezar con calma y escuchar al cuerpo, decidimos hacer 38 kilómetros de una tacada.


Como era enero, anocheció bastante pronto y la última parte del recorrido la hicimos prácticamente a oscuras, con las linternas encendidas para ver el camino y para que nos vieran los coches cuando teníamos que compartir carretera.

La primera lección fue bastante clara: quizá habíamos empezado con demasiada alegría.

Al día siguiente llegaron las consecuencias. Teníamos los pies molidos y yo, además, había cometido un error bastante poco recomendable: estrené botas sin haberlas domado antes. El resultado fue una enorme ampolla en el talón que terminó reventándose.

Durante las siguientes etapas tuve que improvisar. Cambié las botas por unas zapatillas de deporte y, para evitar el roce, llevaba la parte trasera doblada, dejando los talones prácticamente al aire. Ángel también tuvo ampollas y los dos fuimos descubriendo que el Camino no tenía demasiada intención de ponérnoslo fácil.


A todo esto se sumaba la lluvia. De los ocho días creo recordar que nos llovió durante seis. Caminar con los pies heridos ya era desagradable; hacerlo además con el calzado mojado, todavía más.


Nuestras mochilas tampoco ayudaban: pesaban unos ocho o nueve kilos, cargadas con ropa de abrigo y todo aquello que habíamos considerado imprescindible para sobrevivir al invierno.

El Camino empezaba a enseñarnos otra de sus particularidades: no siempre se trata de avanzar cómodamente, sino de aprender a adaptarse a lo que tienes.

 

Cada uno a su ritmo

Curiosamente, una de las cosas que más recuerdo de aquellos días tiene que ver con nuestra manera de caminar.

Ángel y yo tenemos zancadas diferentes. Al principio intentábamos caminar juntos, pero enseguida descubrimos que eso nos hacía gastar más energía de la necesaria. Uno tenía que acelerar y el otro reducir el paso continuamente.

Así que, a partir de la segunda o tercera etapa, tomamos una decisión muy sencilla: cada uno caminaría a su propio ritmo.

Nos separaríamos durante el camino y nos encontraríamos más adelante, en algún punto, para descansar, comer o simplemente charlar un rato. Y funcionó fenomenalmente.

Es curioso cómo algo tan sencillo puede tener también una lectura fuera del Camino.


 


Cada persona tiene su propio ritmo, su propia zancada y su propia manera de avanzar. No siempre tiene sentido intentar caminar al ritmo de los demás.

Durante prácticamente todo el recorrido hicimos eso. Solo el último día decidimos volver a caminar juntos. Habíamos llegado demasiado lejos como para no afrontar juntos el último tramo. Queríamos entrar los dos en la plaza del Obradoiro.

 

Un Camino casi para nosotros solos


Viajar en los primeros días de enero tuvo otra consecuencia inesperada: prácticamente no había peregrinos. En ocasiones, en los libros de visitas de los albergues comprobábamos que hacía más de una semana que nadie había pasado por allí.

Llegábamos y nos encontrábamos habitaciones enormes, con decenas de literas, para nosotros dos solos.


 


En alguna ocasión incluso tuvimos que preguntar a los vecinos porque el albergue estaba cerrado y necesitábamos encontrar a alguien que pudiera abrirnos.

Aquello hacía que la experiencia tuviera un carácter todavía más especial. No había grupos de peregrinos, conversaciones constantes ni demasiadas distracciones. Éramos Ángel, yo, el camino y muchas horas por delante. También llevábamos nuestra inseparable credencial del peregrino, en la que íbamos acumulando los sellos de los distintos pueblos, iglesias y lugares por los que pasábamos. Cada sello era una pequeña prueba de que habíamos estado allí y, al final, terminó convirtiéndose casi en un diario de viaje en miniatura.

 

El Camino Portugués y sus paisajes


Nuestro punto de partida fue Braga, en Portugal, desde donde fuimos avanzando hacia Galicia. Una de las cosas que más nos sorprendió fue el paisaje: caminos llenos de vegetación, pequeñas aldeas, puentes de piedra, riachuelos y rincones que parecían sacados de otra época.

El tramo hasta la frontera con Galicia fue especialmente bonito. Había algo muy auténtico en avanzar por caminos rurales, atravesar pequeños pueblos y encontrarnos de vez en cuando con algún lugareño. 

Ángel y su vivac

Nuestro portugués, por llamarlo de alguna manera, era más bien un portuñol de supervivencia, pero servía para comunicarnos. Y cuanto más nos acercábamos a Galicia, más familiar nos resultaba el idioma. El portugués iba adquiriendo sonidos y palabras que nos recordaban cada vez más al gallego, como si la propia lengua nos anunciara que la frontera estaba cerca.

 

Cuando el Camino se convirtió en un curso de supervivencia


Y entonces llegó uno de los episodios que más recuerdo: la lluvia.

En una de las jornadas cayó con tanta intensidad que algunos de los caminos estaban completamente inundados. No quedaba otra opción que buscar una alternativa y terminamos desviándonos por una carretera nacional, avanzando por el arcén mientras seguía lloviendo.+

Ahí apareció el otro protagonista de esta historia: Ángel, el mismísimo McGyver.

Mientras yo intentaba simplemente no mojarme más de lo que ya estaba, Ángel abrió su mochila y sacó una tela.


En mitad de aquella carretera, bajo la lluvia y con los caminos inundados, preparó un pequeño vivac. Allí estábamos los dos, refugiados como podíamos, mientras la naturaleza nos recordaba quién mandaba.

Fue uno de esos momentos absurdos que, precisamente por ser absurdos, terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos de un viaje.

 

200 kilómetros después…


Y así fueron pasando los días: kilómetros, lluvia, barro, ampollas, cansancio, paisajes, conversaciones y muchos momentos de silencio.

Hasta que llegó el último día.

Después de recorrer unos 200 kilómetros en ocho días, decidimos guardar nuestra peculiar estrategia de caminar por separado. Nos pusimos juntos y afrontamos el último tramo.

Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente: el último kilómetro lo hicimos corriendo.


No porque nos quedaran fuerzas de sobra —ni mucho menos—, sino por ese subidón de saber que el objetivo estaba conseguido. Después de tantos kilómetros, de la lluvia, del cansancio y de todos los pequeños obstáculos que habían ido apareciendo, allí estaba Santiago.

Entramos en la plaza del Obradoiro corriendo. 

Plaza del Obradoiro

Nos encontramos con una multitud de turistas y, al vernos llegar con nuestras mochilas, empezaron a felicitarnos como si acabáramos de ganar alguna competición. Un grupo de turistas japoneses incluso nos pidió que les explicáramos qué acabábamos de hacer. Cuando les contamos que habíamos recorrido unos 200 kilómetros en ocho días, la reacción fue inmediata: ¡todos querían hacerse una foto con nosotros!

Durante unos minutos nos sentimos como auténticas estrellas de Hollywood.

Después tocaba cumplir con el ritual. Fuimos a buscar nuestra Compostela, el certificado que acredita la peregrinación a Santiago. Nosotros habíamos recorrido el doble de los últimos 100 kilómetros exigidos para obtenerla. Después entramos en la catedral y nos acercamos hasta la estatua del apóstol Santiago para darle el famoso abrazo.



Habíamos llegado.


Y creo que no había mejor manera de celebrarlo que quitarnos las mochilas y buscar un buen plato de pulpo. Después de ocho días caminando, aquello sabía a gloria.

Al día siguiente dejamos atrás las botas, las mochilas y los caminos para ir hasta A Coruña, donde nos esperaba mi amigo Xurxo Briones junto con su mujer, Laura. Después de varios días comiendo lo que encontrábamos por el camino, disfrutar de una buena comida casera fue otro de los grandes placeres del viaje.


 

Cuando pienso ahora en aquel viaje, no recuerdo especialmente los kilómetros ni siquiera el dolor de los pies —aunque resulta difícil olvidarlo—.

Recuerdo el tiempo. Muchísimo tiempo para pensar. Recuerdo caminar solo durante horas, escuchar la lluvia, mirar los caminos, perder de vista a mi amigo Ángel y saber que en algún momento volveríamos a encontrarnos más adelante. 



Torre de Hércules (A Coruña)




Recuerdo descubrir que el cuerpo tiene límites, pero también que muchas veces esos límites están un poco más lejos de lo que imaginamos.

Y recuerdo, sobre todo, aquella sensación de llegar a la plaza del Obradoiro después de ocho días y 200 kilómetros y pensar que, efectivamente, había merecido la pena.

Quizás el Camino de Santiago tenga precisamente eso: uno cree que está recorriendo un camino para llegar a un lugar, pero durante esos días termina recorriendo también otro mucho más difícil de medir.


El camino hacia uno mismo.

 




viernes, 13 de julio de 2012

Con todo el dolor de mi corazón...¡Adiós Burundi!



Hace unos 9 meses que empecé a escribir este blog contando mi aventura en Burundi. Mi sueño se hizo realidad y por fin pude hacer un lectorado. Nunca podré olvidar esta maravillosa experiencia africana. Aún recuerdo el día que me llamaron desde el Ministerio de Exteriores para decirme que había sido seleccionado para dar clases de español en la Universidad de Ngozi, casi no me lo creía. Fue allá por julio del año pasado, cuando estaba trabajando en Sicilia. Dicen que a la tercera va la vencida y así fue. De la emoción, tardé poco en ponerme las 40 mil vacunas allí mísmo, entre Cefalú y Palermo. Digamos que vacunándome ya no había marcha atrás, la decisión estaba tomada.

Esta experiencia en Burundi puedo compararla con mi año Erasmus en Francia en 2005 o mi intercambio de diez meses en México en 2008. Años completamente diferentes pero muy enriquecedores y especiales cada uno de ellos.

Hoy escribo mi última entrada del blog, algún día tenía que llegar el día de la despedida. En septiembre mi amigo Andrés Altuna cogerá el relevo y seguirá con las clases de español en Ngozi. Le deseo toda la suerte del mundo y sobretodo una feliz experiencia.

Quería dar las gracias a todas las personas que han creído en mí y que me han apoyado siempre para venir a Burundi. Era una oportunidad única que no podía rechazar; significaba ir a África y dar clases en la universidad por primera vez en mi vida. Sabía que tanto personal como profesionalmente iba a ser muy positiva, y así ha sido. Gracias también a todas las personas que me han ido siguiendo en el blog; espero que haya sido agradable e interesante de leer. Al menos he intentado expresar de la mejor manera posible todas las experiencias y anécdotas vividas estos meses en el corazón de África.

Miles de imágenes y buenos recuerdos me llevo en la maleta. En Burundi aprendí a valorar mucho más las cosas que tengo y que forman parte de mi vida, destacando a mi familia y a mis amigos con respecto a los sentimientos, es decir, el tiempo y la distancia a veces pueden llegar a ser duros cuando te separas de los tuyos. También la vida sencilla, sin consumismo, materialismo, estrés, etc. que nos invade en los países occidentales. En Burundi no siempre tuvimos electricidad y agua por ejemplo, así que había que tener siempre provisiones de agua en botellas, provisiones de velas o linternas. Y hablo de mi caso, que vivía en una casa preparada para los muzungu, para que no echáramos mucho en falta las comodidades de nuestros países, pero hay que decir que la mayoría de las familias burundesas hacen kilómetros todas las mañanas para ir a buscar agua y por supuesto, no tienen luz eléctrica, cuando cae el sol, todo el mundo enciende sus velas o directamente se van a dormir porque su día ha terminado.

Mi primera experiencia como profesor de español en la universidad fue bastante positiva. He aprendido mucho, ¡incluso de mi propia lengua! Al principio fue un poco duro porque no tenía nada preparado, todas las clases me las tuve que preparar al 100%  El lector anterior se fue antes de acabar su curso, así que no me dejó ninguna referencia. Para colmo, tuve que dar las horas que él no pudo acabar (200) más las mías (405) así que, para mi primer año creo que no está nada mal.

Los alumnos estaban volcados con mis clases, muy motivados, lo que hacía que yo también lo estuviera. El francés fue la herramienta que utilicé para poder enseñarles español porque es la lengua que ambas partes conocíamos. Poquito a poco fui dejando el francés para que al final sólo hablaran español. Espero que haya funcionado, al menos me encontré con buenos resultados. 

Con respecto a los viajes, a parte de conocer casi todo Burundi, tuve la oportunidad de ir a Uganda, donde hice mi primer safari, cumpliendo así otro sueño: ver jirafas, elefantes, leones, hipopótamos... En Tanzania estuve 3 semanas viajando por todo el país con mi amigo Josito. A parte de ver paisajes preciosos y de hacer excursiones inolvidables como la del Monte Meru con el loco Benjamin, nos pegamos una semanita en la isla de Zanzibar, paraíso de playas de arena blanca y agua cristalina. El otro país fue Ruanda, país gemelo de Burundi, también de paisajes increíbles y merecedor de ser visitado.

Para terminar, quería hablar un poquito de las personas que han significado algo para mí en estos meses por tierras burundesas:

- Brian: ha sido la persona que más he conocido. Aunque ya lo presenté hace unos meses, lo vuelvo a mencionar. Aparte de compartir casa, también éramos colegas en la universidad, así que pasamos mucho tiempo juntos. Es francés, de 35 años, profe de Derecho. Una bellísima persona. Siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado, para lo bueno y para lo malo. Con él hice el viaje a Uganda a parte de otras pequeñas excursiones alrededor de Ngozi. Lo echaré bastante de menos, hasta pronto Monsieur Menelet.

- Amidou: igualmente, he hablado de él en entradas anteriores. En un principio fue mi alumno en las clases de español, después se convirtió en mi mejor amigo. Es burundés, tiene 26 años y acaba de presentar su memoria de fin de carrera, de la cual fui su director. Es la 1ª que se hace en español en la Universidad de Ngozi. Tanto para él como para mí fue todo un honor. Es una persona con un corazón enorme, un buen amigo. Espero que pronto pueda ir a España para perfeccionarse con el idioma. Gracias por todo Profesor Nshimirimana. 

- Gaëtan: él es francés, de 26 años. Músico. Creo que era mi alma gemela en Burundi. El problema fue que él vivía en Gitega y yo en Ngozi, con lo cual no pudimos coincidir mucho tiempo juntos, pero cada vez que nos veíamos la liábamos. Él con su acordeón y yo con mi guitarra, echábamos unos buenos cantes y alegrábamos las fiestas. Tenemos como proyecto futuro juntarnos por Europa, sea donde sea, y formar nuestro grupo. ¡Nunca se sabe!

- Abbe Apollinaire: rector de la Universidad de Ngozi. Entre los 5 aspirantes que había al puesto de Ngozi, él confió en mí y se quedó con mi CV dándome así la oportunidad de vivir esta experiencia. Se ha portado conmigo estupendamente.


El resto de "actores" que han formado parte de mi "película burundesa" también merecen ser mencionados, y que me perdonen si me dejo a alguno en el tintero: Jean Pierre, Gentil, Grace, Cristian, Soulé, Kadafi, Prudence, Valentin, Diette, Augustin, Inge, Anne Claire, Abdoul, Trésor, Pascal, Tina, Bonet, Nicoletta, Mélanie, Nicolas, Delphine, Gael, Natsumi, Michaël, Omar, Enrique, Mathilde, Carol, Charlotte, Boundes, Youssouf, Sonia, Claire, Domitien, mis estudiantes, los trabajadores del restaurante Belvedere, la gente del videoclub Kadafi, Sengiyumva, Julien, Bosco,  Elsie, Natacha, Mélissa, Max, Pierre...


Como dice un proverbio burundés:


Ngiye jure y -amaso yanyu mugabo munzonguma hafi y-umutima.
Je vous quitte des yeux mais pas du coeur.

Os dejo con la vista, pero no con el corazón.
 








AMAHORO MUGENZI, AMAHORO BURUNDI!





domingo, 24 de junio de 2012

Rwanda, Le pays des Mille Collines



El fin de semana del 16 y 17 de junio fui de viaje al país gemelo de Burundi, al país de las“Mil colinas”: Ruanda.

En un principio el viaje sería con Valentin y Gaëtan, dos amigos franceses de Burundi. El problema fue cuadrarnos los tres, luego las visas, los imprevistos de última hora, etc…Parece que el destino no quiso que hiciéramos este viaje los tres juntos, una lástima, pero bueno, al final los personajes de esta historia fueron distintos, pero igualmente maravillosos: Caroline, de Canadá; Charlotte, de Francia; y Awam, de Burundi.  


El viaje comenzó con ellos tres en Bujumbura con el coche de Caroline. Los pobres pincharon y tuvieron que cambiar una rueda, así que llegaron un pelín tarde a Ngozi, pero sin problemas. A partir de ahí todo fue perfectamente. Desde Ngozi tardamos casi 2 horas en llegar a Kigali. Nos instalamos en el hotel e inmediatamente nos fuimos a patear la capital. Es una ciudad ubicada prácticamente en una colina, lo que dificulta el desplazamiento de un lado a otro caminando, así que acabamos derrotados. A Charlotte se le ocurrió la magnífica idea de ir a tomar algo al famoso hotel “Des Mille Collines”, mereció la pena.  


Para quien no lo sepa, este lugar fue el refugio de cientos de ruandeses de etnia “tutsi” durante el genocidio de 1994. Por la noche, después de cenar, Awam nos llevó a un concierto donde había varios grupos de la zona, como Tom Close, Jey Polly o Rafiki, pero el más conocido de todos fue el burundés Kidumu. Disfrutamos mucho.

El domingo por la mañana fuimos al Memorial del genocidio. Fue demasiado impactante. Pasamos más de dos horas dentro. Cuando salimos nos quedamos sin hablar durante un buen rato; las fotos, vídeos y comentarios de los afectados por el genocidio fueron terribles, pero prefiero no dar detalles, son demasiado desagradables, muy tristes. 


En todo caso, es un lugar que hay que visitar. No hay que olvidar lo que pasó en Ruanda entre las etnias Hutu y Tutsi; la herida sigue aún abierta, y me temo que por muchos años.

La última parada del viaje queríamos que fuera algo diferente de Kigali, así que Awam nos llevó a un lugar con un paisaje increíble, al lago Ihema. Fue un lugar estupendo para poner punto final a nuestro mini viaje ruandés. Gracias Carol, Charlotte y Awam por estos dos días inolvidables.



miércoles, 20 de junio de 2012

Profesor Amidou Nshimirimana


En esta entrada quiero contar una bonita historia, la de uno de mis estudiantes que consiguió realizar uno de sus sueños: presentar su memoria de fin de carrera en español.



Se llama Amidou Nshimirimana, ya lo presenté en entradas anteriores pero para quien no lo sepa, a parte de haberlo tenido como estudiante, es un gran amigo. 

La verdad es que no fue nada fácil, todo eran obstáculos, había falta de apoyos por parte del departamento de letras de la universidad y para colmo, la entrega de la memoria se hizo tarde; pero bueno, gracias al apoyo del Rector Apollinaire, todo fue posible. 
Por otro lado, los miembros del tribunal tenían que ser hispanohablantes y licenciados en letras. Tuvimos que mover cielo, mar y tierra para encontrarlos. Al final pudimos contar con Omar, profesor de español en el Lyceo francés de Bujumbura, y con Enrique, profesor jubilado. 

Para mí fue todo un orgullo ser partícipe de dicha memoria escrita por primera vez en español en la Universidad de Ngozi; me tocó dirigirla ¡todo un reto!


Con esta memoria, Amidou mostró grosso modo el desarrollo de la lengua española en todo el mundo con todo tipo de datos, cifras y estadísticas. Después concretó en África subsahariana y por último, en la Universidad de Ngozi. Durante unos 15 minutos hizo su presentación y luego los miembros del tribunal le hicieron preguntas y valoraciones sobre la memoria. Se defendió muy bien. Obtuvo “mención especial” con la calificación de 17´5/20.  



A partir de ahora, cualquier estudiante burundés podrá realizar su memoria de fin de estudios en español, y no sólo en inglés y francés como antes.


¡Enhorabuena Profesor Nshimirimana!

domingo, 13 de mayo de 2012

Tambourinaires

En esta entrada quiero presentar a los “tambourinaires” de Burundi, músicos internacionalmente reconocidos. 


En la Universidad de Ngozi tenemos a un grupo de tamborileros que ensayan una o dos veces por semana. Cuando tengo tiempo me gusta escucharlos. Cantan, tocan e incluso bailan al mismo tiempo. ¿Cómo es posible? Pues colocándose el tambor en la cabeza, dejando así el cuerpo libre para el baile…son verdaderos malabaristas de circo, unos fenómenos.
Según la historia, los tamborileros de Burundi tienen una tradición milenaria, la transmisión pasa de padres a hijos. En su origen, eran ganaderos de la etnia Hutu que estaban al servicio del rey. Desde 1960 se han dado a conocer por todo el mundo.
La relación del tambor con la agricultura está asociada simbólicamente con la fecundidad. Ingoma es el nombre que se le da al tambor, significa también “reino”.
Los percusionistas se instalan en un terreno llano y golpean diversos tambores al unísono. Los amashako tocan el ritmo continuo y los igishikiso siguen la cadencia dada por el tambor central. El solista que toca el tambor inkiranya es el que dirige al resto de tamborileros.


Los ritmos guardan un significado tradicional. Muchos ritmos están ligados a la vida rural: recogida de sorgo, semillas…Cantos y ritmos evocan con humor a los pájaros que devoran la comida. Algunos ritmos llaman al reconocimiento de personajes importantes. Otros aclaman la paz, el respeto la unidad y el progreso del país.








Me muero de ganas de tocar con ellos. Parece que el ritmo puedo llevarlo bien, lo complicado será ponerme el tambor en la cabeza, bailar y cantar en kirundi, aunque me gustan los retos. Ya veremos. Por el momento, sigo disfrutando del espectáculo.